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viernes, 2 de mayo de 2008

Nos vamos

Tranquilos, que es sólo a otro lado.

Parece que por fin, tras unos cuantos dimes y diretes, un par de replanteamientos en cuanto al color de las paredes y dónde poner los muebles e inumerables días sin asistir a clase, el nuevo emplazamiento de La Callecita está preparado para entrar a vivir. Atrás queda el viejo barrio de Blogger, en favor de uno nuevo más céntrico, mejor comunicado, con más bares abiertos hasta más tarde, nuevos adoquines y nuevos olores a orín en las esquinas. Y si no los hay, ya nos encargaremos nosotros de marcar el territorio.

Como veréis, la nueva calle tiene pisos individuales para cada uno de los integristas integrantes de este blog (excepto Segundo de Chomón, que tiene un chalé), aunque seguimos compartiendo la cocina y el recibidor. Hay unas etiquetas que aparecen ahí a la derecha en forma de nube a las que tenemos que averiguar cómo sacar partido. Un buscador arriba del todo para... bueno, buscar palabras entre estos textos. Y otras pequeñas novedades que os invitamos a descubrir. Más posibilidades para que cada uno haga sus visitas más a gusto.

Pasean y lean. Están en su calle.

martes, 22 de abril de 2008

Carta abierta (EDITADO -> relato -> FICCIÓN)

Nunca le he contado esto a nadie. Supongo que no quería asustaros, o quizá temía vuestra reacción. O acabar en un sanatorio. Quién sabe. No importa, siento que ha llegado el momento de sincerarme. Hoy, que todo tiene una luz especial.

Cuando era pequeño pasaba horas y horas frente al televisor. Un programa tras otro, no importaba cuál. Pasaba casi todo el día solo, y cuando llegaban mis padres a casa lo único capaz de gritar más que ellos era el televisor. Simplemente subía el volumen y dejaba que la cascada de imágenes sepultase mis pensamientos. Al cabo de un rato uno de los dos me besaba en la mejilla y me llevaba a dormir. Pero yo no me dormía. Me quedaba en la cama, mirando las sombras de las persianas en el techo. Disfrutando de las horas de silencio. Imaginando que esa paz duraba para siempre. Hasta que empezaba a soñar.

Me despertaba con el corazón desbocado, y la habitación teñida de rojo y ámbar. Sin rastro de mis padres. Sin comprender muy bien dónde iban cada mañana. Sin saber a ciencia cierta si volverían o no. Entonces el silencio se volvía insoportable, y volvía a encender el televisor. Uno y otro día. Llenándome la cabeza con miles de voces y colores. Día tras día. Hasta que apareció él.

Era un niño de mi edad, con una imaginación y una vitalidad desbocadas. Enseguida me fascinó. Salíamos a la calle a jugar al fútbol, a las chapas, a los vaqueros, a todo lo que se nos ocurriese. El barrio podía ser tan pronto un desierto con sus plantas rodadoras como un planeta con emanaciones tóxicas. Porteros, tenderos, los otros niños. Siempre teníamos un papel para ellos. También ver la televisión con él era otro mundo. Siempre con algún comentario en la recámara, siempre enseñándome a ver lo mismo desde otro punto de vista. Me hacía reír. Mucho. Aunque eso preocupaba a mis padres.

Notaba cómo me miraban preocupados desde la puerta del salón. Muy juntos. Hablándose en voz baja. Sin gritarse. Hablando de mí. Se acercaban y me revolvían el pelo. Hablaban conmigo. Me abrazaban antes de meterme en la cama. Lloraban, pero yo no sabía por qué. Decían que no era por mí, sino por ellos. Que se habían dado cuenta de muchas cosas. Que se habían portado mal.

Un día me llevaron a ver a un doctor. Me pidieron que dibujara, que interpretase unas manchas, me hicieron muchas preguntas y hablaron de unas cosas que no entendí. Cuando volvimos a casa mis padres me dijeron que me había inventado a mi amigo. Que no existía. Como los dibujos de la tele. Yo no los entendí.

Me daba cuenta de que no les gustaba verme con mi amigo. Así que aprendimos a disimular. Sólo nos veíamos fuera de casa. Les contaba que había quedado a jugar con los chicos del colegio y me iba a verle. Ellos estaban encantados. De vez en cuando lo colaba en casa sin que se diesen cuenta. Cuando estábamos todos juntos él se asomaba por las puertas y me ponía caras para hacerme reír. Yo tenía que hacer muchos esfuerzos para aguantarme la risa. Mis padres nunca se daban cuenta. Parecían aliviados. Tanto, que en poco tiempo volvieron a gritarse cada noche.

Fueron pasando los años. Con el tiempo me fue importando menos que se gritasen. Ya casi no hablaba con ellos. Muchas veces me quedaba dando largos paseos para no tener que subir a casa. Él me acompañaba. Me contaba historias fantásticas. Trazábamos planes maravillosos. Soñábamos con largos viajes, con chicas preciosas, con noches interminables. Soñábamos con la libertad. Entonces podía subir a casa e ignorarlos. Ellos no podían tocarme. La felicidad estaba dentro de mí. Sólo tenía que aprender a hacerla realidad.

Pero él cambió. No se por qué. Cambió. Se volvió burlón. Insolente. Desafiante. Se colaba en casa sin que yo lo hubiese llamado. Me provocaba delante de ellos para que yo le contestase. Escondía mis cosas, o me las cambiaba de lugar. Se reía de mí. De mis ambiciones. De mis sueños. De mis lamentos. Hasta que intentó matarme. Una noche dejó una cuchilla de afeitar en el baño y la puso en mi mano. “Córtate las muñecas. Hazlo ya. Acaba con los gritos. Acaba con el silencio. Acaba con todo. Mata al mundo entero.”

No pude. Me quedé tirado en el suelo del baño, temblando y llorando de angustia. Él me miró con desprecio y me dijo: “He venido a comerme tu corazón. Me alimento de tus sueños. Vivo dentro de ti, y una vez haya acabado contigo, no quedará nada”.

Me desperté a la mañana siguiente en mi habitación. Mi habitación teñida de rojo y ámbar. En calma total. Sin rastro de él. Relajado. Aliviado. Liberado.

Disculpadme por el ladrillo. Pronto os dejaré. Siento que llega el momento de contaros toda la verdad. De terminar con ésta carta. Aunque duela. Aunque muerda. Aunque ya nada vuelva a ser lo mismo. Nunca volví a saber de él. Ni de ellos. Esa mañana no estaban. Ni llegaron esa noche. Tampoco la siguiente. Ni ninguna otra más. Nunca volveré a saber nada más de ellos. Desde aquel día todo tiene una luz especial. Desde aquel día lo comprendo todo.

He venido a comerme vuestros corazones. Me alimento de vuestros sueños. Vivo dentro de vosotros, y una vez haya acabado con cada uno de vosotros, no quedará nada. He venido a matar al mundo entero.

lunes, 14 de abril de 2008

Pásate esa sangre

Segundo de Chomón lo anunció a grito pelado:

-¡Tenemos la sangre! ¡Viene de camino!

Esas dos frases deberían aparecer en el manual sobre “cómo hacer feliz a un aspirante a cineasta”, capítulo “mitos y fetiches”. Ya podíamos llevar dos días trasteando con la cámara, tropezándonos con los cables del sonido, asándonos con los focos o peleándonos con la Dolly que hasta ese momento no sentimos que aquello que estábamos haciendo podía ser cine. Adiós, tomate Orlando, ándale manito, vaya usted con Dios. El primer rodaje con sangre de verdad, de pega, pero de verdad. Moola.

Mientras esperábamos era muy difícil no dejar volar la imaginación, la sangre justifica por sí misma planos enteros, secuencias enteras, historias, películas, demonios, ¡géneros enteros! Fuera los remilgos, las coartadas intelectuales bien lejos, en ese momento yo quisiese haberle dedicado una oda a la sangre.

El protagonista sería un Testigo de Jehová que ha sido mordido por un vampiro, y no por uno cualquiera, sino por un vampiro ¡con casino! ¡Y con furcias! Asistiríamos a los primeros tentempiés de Genaro, nuestro hombre de fe, consistentes en exuberantes damiselas que una vez mordidas pasarían a formar parte del ejército del vampiro, compuesto únicamente por despampanantes putones. En un momento dado podría barajarse que el don vampírico aumentase un par de tallas de busto, por aportar algo nuevo al género.

Sin embargo, los antiguos compañeros de Genaro, viéndole disfrutar de la vida más de lo habitual, decidirían tomar cartas en el asunto y presentarse en el casino armados hasta los dientes, pese a que en principio no puedan ni oler las armas, y entonces empezaría de verdad lo bueno. El objetivo sería llegar a utilizar unos dos o tres camiones cisterna de sangre de pega por cada metro de celuloide, o su equivalente en digital, en una orgía de miembros cercenados, tripas voladoras y herejías varias. ¿Un musical? ¿Y por qué no un musical?

En esas andaba yo cuando llegó la sangre. Un paquetito que contenía tanta magia del cine como las pistolas cogidas de medio lado, los sables de luz o los trajes de mafioso. Nos abalanzamos sobre él con tantas ganas que parecíamos caníbales que hubiesen encontrado un explorador después de tres días de larga caminata, y nos las vimos con el envoltorio de la sangre. ¡¿Ositos de peluche?!

Hace falta ser sádico.

jueves, 3 de abril de 2008

¿Cuál es la mejor religión de este y el otro mundo?

En su búsqueda por encontrar el sentido de la vida, el ser humano tiene a su disposición una interesante oferta de religiones, filosofías y cosmovisiones en general pero que, hasta el momento, por mero remilgo y mojigatería, se elegían normalmente en función del lugar de nacimiento o la tradición familiar. Vamos, que te tocaba una porque sí y tenías que arrastrar con ella durante toda tu existencia, un periodo de tiempo un tanto largo como para dejar la decisión al azar, ¿no? Pues ya va siendo hora de liberalizar el mercado de religiones. Hoy vamos a elegir nuestra religión en base a criterios racionales.

A mi parecer habría que tener en cuenta dos puntos de vista principales, a saber:

1. Habría que informarse sobre qué nos ofrecen para la otra vida. Planear cómo pasaremos la eternidad no es una decisión que deba tomarse a la ligera, debemos tener en cuenta qué actividades se nos ofrecen, cuáles son las costumbres de los lugareños y si hay algún código de vestimenta que atender, para después no llevarnos sorpresas desagradables.

2. Habría que conocer qué tipo de vida hay que llevar en éste mundo para acceder al otro, por si al final todo esto de las religiones resultase ser una estafa king size, dificultando sobremanera cualquier reclamación que quisiésemos cursar.

Total, que si quieren que vayamos a su cielo, que se lo curren un poco. Vamos a ver qué se nos ofrece por ahí:

CRISTIANISMO:

A FAVOR:

La eternidad contemplando a Dios. En principio tienen un estricto código moral, pero por obra y gracia de la confesión siempre puede uno confesarse y empezar de cero. Si elegimos una modalidad no ortodoxa podemos avanza en la jerarquía interna sin privarnos de practicar el sexo. Si elegimos la modalidad ortodoxa podemos gozar de gran influencia política en varios países. Compartir religión con Jesús, un tío guay, el primer hippie de la historia, dicen. Reparten vino gratis en misa.

EN CONTRA:

Lo de la eternidad contemplando el rostro de Dios parece un plan un tanto soso, así, en frío. Que no digo yo que el tipo no sea como una mezcla entre Ciudadano Kane y Showgirls, pero la eternidad se antoja un periodo de tiempo excesivo a priori. Por otro lado, si de verdad quieres llegar alto en la jerarquía cristiana, primero tienes que apañártelas para hacer tres milagros, y después sufrir una muerte violenta y agónica. Monogamia.

ISLAM:

A FAVOR:

Te dejan tener un harem. Te dejan tener un harem. Meses y meses sin tener que preocuparse por afeitarse. La posibilidad de tener 99 vírgenes en el otro mundo. Te dejan tener un harem.

EN CONTRA:

Tener que ir todos los años a la Meca con las cuatro mujeres, los cinco niños, los ocho suegros, el perro, el gato, el hurón y los 500 kilos de equipaje. Lo de las 99 vírgenes tiene truco, antes tienes que haber muerto luchando en la Guerra Santa. ¿Y si eres mujer, qué?

Tener que rezar cinco veces cada día, cinco nada menos, y siempre en una dirección determinada. El ramadán.

BUDISMO, ZEN:

A FAVOR:

Puedes quedarte rascándote las pelotas durante toda la vida, lo llaman “vida contemplativa” y es la vida de los sabios, algo en lo que hay que darles toda la razón. La posibilidad de vivir una y otra vez gracias a la reencarnación, hasta que tu alma alcanza la pureza y pasa a un nivel superior de consciencia. El karma. Si tienes suerte: ha sido el karma. Si no la tienes: ha sido el karma. Si metes la pata hasta el fondo: ha sido el karma. ¡Sin responsabilidades! Gran ahorro en productos de cosmética capilar.

EN CONTRA:

No nos dejan demasiado claro qué es eso de alcanzar un nivel superior de consciencia, no se mojan nada, puede resultar tan aburrido como el cielo cristiano. Lo de la reencarnación parece un chollo pero no lo es: para empezar uno no se acuerda de vidas anteriores, por lo que no puede disfrutar del proceso y, por otro lado, ¿y si te toca reencarnarte en sardina? No parece una vida apasionante. Tener que pintarte un estúpido punto rojo en mitad de la frente, por mucho que pueda servir para desconcertar a los francotiradores.

SATANISMO:

A FAVOR:

Las orgías. Puedes emborracharte y drogarte tanto como quieras. Todo combina con el negro. Durante el Apocalipsis, la Tierra será tuya por mil años, año arriba año abajo. Te haces coleguilla de Satán.

EN CONTRA:

La han tomado con las vírgenes, nadie sabe muy bien por qué, y no pasa un día sin que intenten sacrificar una. Si eres vegetariano o de una protectora de animales esta no te va a gustar, créeme. Por otro lado el infierno no parece un lugar demasiado agradable para pasar la eternidad.

SECTAS:

A FAVOR:

Cualquiera puede montar una. Fines de semana en casas rurales con dinámicas de grupo. Tienen fama de tener un servicio de catering bastante decente. Líderes carismáticos (además, si eres el líder puedes beneficiarte a quien te apetezca). La vida eterna en un mundo de utopía.

EN CONTRA:

La posibilidad de tener que suicidarte en algún momento. Que el OVNI tenga un accidente de camino a la Tierra y no pueda llegar el día señalado (suele ser lo habitual, los extraterrestres tienen un sistema de atención en carretera –sideral- deficiente). En muchas de ellas hay que vestirse como un idiota.

Total, ustedes deciden, pero vistas algunas de las opciones más populares que se nos ofrecen, yo apostaría sin dudarlo por crearme mi propia secta o, si acaso, crear mi propia escisión de alguna de las creencias mayoritarias, que es otra opción. Ya me contarán qué han elegido. Hasta entonces, vayan con dios.

jueves, 27 de marzo de 2008

El libro de libros

De cuando en cuando profesores y alumnos se enzarzan en pulsos absurdos sin saberse muy bien cómo. La historia comenzó a eso de las nueve de la mañana, en mitad de una clase de Producción Cinematográfica. Los alumnos se permitían dar pequeñas cabezadas mientras el profesor velaba por su sueño con una cháchara átona e insistente; al fin y al cabo era temprano para todos. La clase discurría con toda normalidad hasta que, de pronto, el arrullo de sus palabras cesó y la gente se despertó sobresaltada en medio de un estallido de silencio, encontrándose frente a frente con la mirada interrogante del profesor. Confusos y adormecidos, los alumnos no entendían por qué el profesor los miraba tan fija e insistentemente desde su estrado, no llegaban a comprender qué se requería de ellos.

Algunos intentaron desparecer tras las espaldas de sus compañeros, otros improvisaban fingiendo buscar algo en los apuntes, pero la mirada del profesor empezaba a quemarles a todos y allí nadie comprendía nada. De un momento a otro, el profesor clamó que cómo podíamos no saber la respuesta, cuando estaba claramente indicada en un libro que debíamos leernos para dentro de tres meses. Desamparados, buscando aún una pregunta, todo el mundo le dejó seguir hablando, así que su disgusto se convirtió en rabia, su rabia en frustración y la frustración en cólera, hasta que acabó desembocando en un examen para la siguiente semana del libro de marras.

Pues bien, la siguiente semana se presentaron cinco a clase. El profesor balbució que se le habían olvidado las preguntas y aplazó el examen para la próxima semana. Y la próxima semana se presentaron dos. Dos a cero.

Sin embargo, los planetas se habían alineado de parte del profesor. Si aplazaba el examen una última vez los alumnos se encontrarían con la semana santa, y ya no habría forma de posponer la lectura del libro; nos había dado un periodo de tiempo razonable para leerlo, algo maquiavélico, una jugada maestra. Nos tenía bien cogidos por los huevos, sí.

El libro en cuestión era “El Productor Cinematográfico” de José G. Jacoste. Es uno de esos libros que podrían venderse con el apelativo de “manual”, puesto que está escrito con la misma calidad literaria que las instrucciones de una cámara digital o un robot de cocina. Como muchas especies, que tratan de avisar a los posibles comensales de su toxicidad con colores llamativos y chillones, el color naranja de las tapas es un aviso para incautos: ladrillo, y de los gordos.

Formalmente es un ensayo vanguardista de primer orden, en el que toda concesión a una lectura fluida se ha esfumado a favor de la corrección terminológica, a pesar de que sean términos que en principio no tendrían por qué ser excluyentes. Es de agradecer que el autor haya decidido llevar sus planteamientos hasta límites experimentales, consiguiendo deleitarnos con frases de hasta once renglones que sólo pueden explicarse desde el prisma de la superación personal.

Otro rasgo novedoso de autoría es el del narrador único en plural. El aludir constantemente a un “nosotros” cuando se supone que hay un único autor nos hace imaginarnos al profesor Jacoste sentado en la oscuridad frente a una Olivetti bebiendo de un vaso de bourbon, rumiando los sinsabores de una vida dedicada a la producción y consultándole a Napoleón su opinión sobre los últimos párrafos.

En cuanto al contenido, el libro abre con la afirmación de que el cine es un medio de comunicación. Sólo después de habernos maravillado con sus dotes de fino observador se permite el autor pasar a los siguientes párrafos. El libro, qué digo el libro, la obra de arte continúa entre menciones a lo apuntado dos líneas más arriba e introducciones a las dos posteriores, consiguiendo el ritmo de lectura adecuado para que el lector compruebe las virtudes voladoras del formato.

Por si fuera poco esta cumbre de la literatura didáctica contiene una inmensa capacidad de evocación y es capaz de devolvernos, verbigracia, a una época en la que el videocasete dominaba el mundo y “el DVD se convertirá, en un futuro próximo, en el soporte exclusivo”. Pero es que además es una obra con recorrido, que envejecerá con dignidad, como los buenos vinos, y en pocos años las partes dedicadas al tratamiento del negativo de las películas pasarán a arrancarnos lágrimas de nostalgia. Mención especial merece la parte dedicada a Inter¿qué? En definitiva, se nota el mimo con el que han preparado esta concienzuda “segunda versión revisada”, de 2004.

Para ser justo con el libro diré que en realidad el autor fue nominado a los Premios Goya como mejor ayudante de producción en 1988, así que entiende un rato del tema, pero es una lástima que haya plasmado todo su conocimiento de una forma tan fría y desesperantemente formal. Con la cantidad de anécdotas que le hubiesen servido para ilustrar su libro y se las ha guardado todas, a pesar de que él más que nadie debe saber que todo entra mejor con una buena historia. Si le ven, invítenle a unas cervezas y tírenle de la lengua pero, por Dios, aléjense de su libro. Para una tercera edición yo sugeriría que se vendiese escrito a boli y sujeto por un clip, porque esto no es un libro, son apuntes.

El 26 de Marzo de 2008 el profesor de Producción Cinematográfica, apodado en ciertos círculos Milhouse, consiguió por fin realizar su examen sobre el libro “El Productor Cinematográfico”. Concurrieron al examen un cuarenta por ciento de los matriculados, y de las cuatro preguntas que hizo, sólo media requería haber leído el libro. A día de hoy, aún no se sabe si el examen era evaluable o no pero, por los comentarios de los alumnos a la salida, más les vale que no. Más nos vale. Joder. El profesor le había dado la vuelta al marcador.

lunes, 24 de marzo de 2008

Para ti, que eres joven

Acabo de recuperar mi edición de “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley. Edición mexicana (me gusta pensar que de contrabando), tapa blanda, papel que amarillea por segundos, la tinta que chorrea en algunas páginas y en otras escasea; una delicia, vaya.

En este libro se describía un futuro en el que los seres humanos son alumbrados en cadena desde inmensos laboratorios, dotados con las cualidades óptimas para los trabajos que desempeñarían en su vida y, sí, diferenciados a través de un sistema de castas. Si te tocaba ser un Alfa, a desarrollar trabajos intelectuales. Si te tocaba ser un Épsilon, a cargar como una mula. Tampoco pasaba nada por ser una cosa u otra, en realidad, ya que desde el mismo estado embrionario a uno lo condicionan para ser completamente feliz con el tipo de vida que va a llevar. Determinismo genético a lo burro.

La juventud, si bien no es el tema central de la novela, sí es el valor supremo de esa sociedad. La medicina ha conseguido mantener a todos jóvenes hasta los sesenta (momento en el que hay que meterse en un horno, pero esa es otra historia) y, ¿qué puede hacer uno cuando su trabajo lo satisface plenamente y es “eternamente” joven y bello? Follar, follar y follar. Todo el día, a todas horas, con todo el mundo, es el deporte nacional de “Un Mundo Feliz”. Y cuando todo lo demás falla: drogas. En un mundo eternamente joven lo único que importa es el placer así que, por si algún temor nos estropea la fiesta, basta con tomarse una tableta de “soma”; una tableta cura diez pensamientos. Y es completamente inocua, además de legal. Está hasta subvencionada.

El libro es una crítica, por cierto. Una crítica sobre las consecuencias de intentar alcanzar el mito de una sociedad perfecta, aunque tengo la impresión de que no ha resistido demasiado bien el paso del tiempo. Quién diría que mucha gente lo daría hoy todo por vivir en un mundo así, renunciaría por completo a su libre albedrío, a la parte más importante de uno mismo sólo por verse siempre joven ante el espejo. Sin desgaste, pero también sin evolución. Sin identidad, a fin de cuentas.

Pues no puede ser, cojones. De todas formas hoy he descubierto un artefacto con el que poder comprobar morbosamente cuán joven es uno. Se trata de (¡tachaaaan!): ¡El Ruido Mosquito!

El “ruido de mosquito” es un sonido que sólo pueden escuchar los jóvenes, aproximadamente hasta los treinta años, aunque según vamos avanzando en edad menos individuos son capaces de escucharlo. Es un sonido chirriante y agudo, que deja el arañar la pizarra con las uñas o el frotar las púas del tenedor sobre un plato a la altura de la novena de Beethoven. Si se reproduce de forma constante consigue crispar los nervios del más pintado, y por ello se lleva utilizando desde hace un tiempo en ciertos lugares de Londres para disolver reuniones no deseadas de jóvenes. ¿El arma anti botellón definitiva? Definitivamente sí.

De todas formas los jóvenes ya han visto la forma de sacar provecho del ruido de marras, y ya empieza a haber disponibles tonos para el móvil con los que poder pasarse mensajes en medio de cualquier clase. Yo sueño con llevarme un bafle de diez metros a la facultad, emitir el “ruido mosquito” a máxima potencia y ver la cara de la desconcertada profesora que, ante la agonía de sus alumnos, piensa que está expuesta a un ataque de gas mostaza. O en utilizarlo para desenmascarar top models creciditas y guardarles el secreto a cambio de... ésto me lo guardo. Cada uno se divierte como quiere, qué puedo decir.

Sin embargo, el invento éste también tiene una aplicación didáctica. El “ruido de mosquito” se basa en que el oído, con el paso de los años, pierde la capacidad de escuchar ciertas frecuencias. Reunid a la familia delante del ordenador, pinchad en este enlace y recordad, mientras os asombréis por los estragos de la edad, que más pronto que tarde seréis como ellos. Memento mori. Estad preparados.

martes, 18 de marzo de 2008

XP (A Toy Story)

En La Callecita estamos que nos salimos. Sí, por nuestro vertiginoso ritmo de actualización también, pero en este caso me refiero a que, no contentos con aporrear teclados y publicar sus resultados alegremente, también nos atrevemos con el séptimo arte. Nuestra diletancia no conoce límites, es lo que tiene ir por el mundo sin vergüenza.

La propuesta consistía en entregar un "corto sin palabras" bajo la amenaza de supender una asignatura de muchos créditos y conducir la carrera a un punto muerto. Como la dotación del concurso, en general, nos convenció a todos, no nos quedaron más huevos que presentar algo. Yo presenté ésto:

Cahiers du Cinéma, a ver cómo os las arregláis ahora para ignorarnos.

domingo, 24 de febrero de 2008

Perdiendo el juicio I 1/2

Hay situaciones de las que uno no puede salir bien librado. Lo sabía Noé, cuando no le quedaron más cojones que subirse los dos leones al Arca, lo supo John cuando le confesaron que era un Kennedy, debió preverlo José Luís Moreno mientras perpetraba Matrimoniadas… y yo lo supe cuando me seleccionaron como jurado popular.

Mi primera visita a la Audiencia Provincial había resultado todo un fiasco. Uno de los testigos había avisado de que no podría declarar a tiempo, y el juez había decidido retrasarlo todo y concederle un par de meses más para llegar, yo creo que en venganza, por si algún implicado no había podido deshacerse de él a tiempo. Me dejaron muy claro que no por ello me había librado, que se habían quedado con mi cara. Tuviese yo razón o no, el caso es que a los dos meses recibí un telegrama en el que se me informaba de que el juicio había sido suspendido (glups), y se me emplazaba a participar en un nuevo proceso, previsto para enero de 2007.

El único problema era que en mi universo andábamos ya por diciembre. Hubiese podido reclamar, sí, la razón me asistía, pero me había levantado yo filósofo esa mañana, y pensé que pocas veces la razón derrota al poder, así que, por no joderme el aforismo, tuve que buscarme otra vía. Toqué “dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de ti” con las teclas del teléfono y esperé a que me respondiesen:

-¡Hombre, Nihilia! ¡Qué tal, hombre!
-Bueno, Doc, un poco apurado macho, necesito que me dejes el Delorean…
-¿El Delorean? ¿¡Es que ya no te acuerdas de la última vez!?
-Bueno, sí hombre, ejem…claro, cómo olvidarlo… ¿Quién iba a pensar que algo tan inocente causaría tanto estrago…?
-Desde luego, los habitantes de la Atlántida no…
-Admite que esos cimientos eran una chapuza…
-¿Es que no has aprendido la lección?
-Los atlántidos aprendieron la lección…
-¡Nihilia!
-¡Vale, vale, de acuerdo, no volverá a pasar!
-Me voy a arrepentir… venga, para cuándo necesitas el Delorean.
-Hombre, pues ya que puedes viajar en el tiempo, para hace un par de minutos.
-Lo siento, ya sabes que sólo puedo dejártelo a partir del momento en que me lo has pedido.
-Siempre con miedo a las paradojas temporales, que el universo es más duro de lo que parece, Doc…
-En el fondo del mar hay una civilización que no piensa lo mismo.
-Joder, vale, pues tráemelo en un segundo entonces.
-Venga, ¿ya estoy allí?
-Si, ya has llegado. ¿Te quieres decir algo?
-Déjame, un momento... ¿Estás más gordo no?
-Tu puta madre.
-Una santa señora es lo que era. Oye…
-Dime, precioso…
-Qué tal, tío bueno.
-Muy bien, bombón.
-Bombón tú, que eres el regalo de Dios a las mujeres de este mundo…
-Bueno, chicos… yo os voy dejando, ¿eh? Vuelvo en nada…

Dudando seriamente de que genialidad y cordura sean conceptos compatibles, monté en el Delorean, grité por la ventanilla “¡Farruquito!”, y la calle se despejó como si una pandilla de cuatreros hubiese llegado para apropiarse de todo el oro del pueblo. Este es un avance que se aplicará como estándar en todo claxon a partir de 2010, pero esa es otra historia y hay gente que prefiere no saber cuándo se cansará San Pedro de su última pareja de mus.

Por aquello de no tener ni idea de cómo arrancar un coche, me puse a pisar pedales y pulsar botones al tuntún, hasta que el Delorean comprendió que le iba la salud en ponerse en marcha y arrancamos rumbo a 2007, dejando un par de estelas de fuego que, en sí mismas, eran toda una oda a los ochenta.

Viajar en el tiempo no tiene mucho misterio, contrariamente a lo que se pueda pensar. Quizás se pasa un poco mal cuando el universo se pliega sobre sí mismo, y todos los huesos se comprimen bajo el peso de millones de universos, quedando uno reducido a una partícula de agonía, en un instante de dolor infinito sin tiempo ni medida, pero por lo demás es una experiencia bastante anodina. Bastante parecido a recibir un balonazo en los huevos, diría yo.

Finalmente aparqué en 2007. Mi primera percepción al enfrentarme a sus primitivos habitantes fue que, en 2007, la gente era rara. Todavía se empeñaban en construir en cualquier solar que cogiesen desprevenido, sin ser conscientes de que la gran burbuja que nos ha mantenido todo este tiempo estaba a punto de estallar en mil pedazos. Pero ya hablaremos otro día del meteorito que ha tomado la Tierra por diana, y al que el diminutivo no hace la menor justicia. De momento que no les quite el sueño el tema de los tipos de interés ni otras zarandajas por el estilo.

Entré en la Audiencia Provincial y me dirigí directamente a la Oficina del Jurado donde, para mi sorpresa, el más sobrio de todos los funcionarios estaba ocupado intentando rascarse las piernas de la funcionaria de al lado, que decía el hombre que le picaban. Lo consideré un interlocutor válido:

-Hola, disculpe, venía porque me han citado como jurado popular y creo que ha habido un error, a ver si podemos salir del paso…
-Jijiji… pasopasopasopasopa…jamónjamónjamónjamonja…

Todo borracho pasa por su fase dadaísta. Es una constante universal que proporciona momentos memorables y ante la cual no podemos más que quitarnos el sombrero, pero que reduce considerablemente la eficiencia del interfecto en tareas que no impliquen la rebelión en contra de toda forma de coherencia, por lo que la comunicación, en términos convencionales, queda excluida. Miré por el resto de la sala y mi vista se topó con una barriga que debía contener dos adultos bien formados, en el extranjero, y pregunté a su propietario:

-Ho… hola… veamos… ¿Cuántos dedos ve usted aquí?
-¡Fresss!
-Lo doy por bueno. ¿Usted se ocupa de seleccionar los jurados?
-¡Fji! ¿Saaaapes que febgo una bieta de du edaf?
-No hace falta que me acaricie la cara, seguro que es un hermosura, pero oiga, céntrese…
-Oy me fjubilo, ¿no quiers un a cojpita para celeblajlo?
-Bueno, desde luego hay poco que hacer hasta que se le pase la castaña, pero no se si debería… debería… debería… debería…

(…)

Desperté en el suelo de la Oficina del Jurado, vestido, por decir algo, con una toga y un incómodo dolor de cabeza que me impedía recordar la noche anterior en un formato más moderno que la fotonovela… recordaba haber pegado varias circulares en los calabozos, informando de que se había reinstaurado la pena de muerte… y por lo visto había vuelto a dar una conferencia sobre montar en globo, la tercera o la cuarta ya… tengo el record en doce bocas abiertas… mientras dejaba que el lector completase el chiste con vete a saber qué barbaridades, pude ver como el jubilado se subía en una de las ventanas y se detenía a considerar con qué parte debería caer para salpicar lo máximo posible:

-¿¡Pero hombre, qué hace usted!?
-¡Déjame! ¡Todo lo que me dijiste ayer era verdad! ¡Nada merece la pena!

Pues parece que ayer hablé de más cosas. Sintiéndome como una cuchilla de afeitar, me agarré metafóricamente los machos, porque de haberlo hecho literalmente hubiese podido ser malinterpretado, y entré al trapo:

-¡Todo borracho pasa por una fase dadaísta! ¡Es una constante universal que…!
-¿¡Pero de qué cojones hablas!? ¡No quiero ser un jubilado! ¡Me sentiré como un mueble!
-¡Piénselo bien! ¡Es usted funcionario! ¡Nada cambiará!
-Hombre, visto así…
-¿Y no querrá que…?
-¿Si?
-¿…su pensión se la queden…?
-¿¿Si??
-¡Los políticos!
-¡Jamás! ¡Panda de usureros, no pondréis vuestras manos en mis ahorros! ¡Quiero vivir! ¡¡Quiero vivir!!

Por fin quedó todo claro. Si no hubiese viajado en el tiempo y llevado hasta el límite a este hombre, para después evitar que imitase a la manzana de Newton, probablemente hubiese intentado hacerse unas tostadas en la bañera en total soledad, sin posibilidad de salvación. Entonces lo supe:

-Necesito que hagas una cosa por mí.
-Lo que quieras, cualquier cosa.
-Inscríbeme como jurado popular.
-¿¿Eso quieres?? ¿¿Estás seguro??
-Sí... Supongo que hay situaciones de las que no se puede salir bien librado.

sábado, 2 de febrero de 2008

Perdidos con Lost

Timoteo: "Esto no va a ninguna parte"

Decepcionante comienzo de la cuarta temporada. Mira que en la tercera habían conseguido, al final, interesarnos una vez más, pero es que esto no va a ninguna parte. Tres cuartos de hora para contarnos una vez más que Hugo está como una cabra, que de todos los que hay en la isla - la docena de protagonistas y la cohorte de secundarios- volverán seis a la civilización y que el grupo, oh novedad, se separa en dos partes. Pues vale. La muerte de Charlie sigue siendo completamente incomprensible -¿por qué rayos cierra la puerta por dentro y se sacrifica en vez de cerrar la puerta desde fuera y vivir?-, por mucho que les duela a Claire y a Hurley.

Viendo cómo se plantea la cuarta temporada, esto va a ser más largo que un día sin pan. Los guionistas han acotado la duración prometiendo acabar en tres años. Bien por ellos. Sin embargo, ese final lo veo demasiado lejano, ya podrían hacer de ésta una temporada final trepidante en vez del chicle que está amenazando en convertirse.

Desde aquí, aprovecho para sugerir un final, viendo que el de los guionistas va a ser una chusta, puesto que siguen empeñados en contarnos un montón de cosas que no nos interesan y que, en principio, no añaden nada a la trama, a menos que se empeñen en que al final -como si eso fuera una justificación- signifiquen algo. A lo que iba: resulta que todo lo que nos narran en la serie no es más que una alucinaciónde Hugo, encerrado en una celda acolchada y con una camisa de fuerza, gritando una y otra vez que debe volver a "la isla" ante el gesto descorazonado de los médicos, que saben que el gordo no ha salido del psiquiátrico desde su más tierna infancia. El siguiente paso es J. J. Abrams en una celda acolchada con su correspondiente camisa de fuerza imaginando a Hugo imaginando que se estrella en una extraña isla junto a un grupo extraordinario. A continuación un fundido a negro tras el que aparece Nelson señalando al espectador y proclama: ¡ja, ja!

Segundo de Chomon: "Hugo no es el único sonado"

No puedo añadir más a la valoración del capítulo que ha desarollado Timoteo. Fue un capítulo típicamente comodín para alargar la trama y no decir nada. (Creo que la única serie que no ha utilizado este recurso es Los Soprano.) Me resultaron absolutamente edulcoradas las escenas presuntamente dramáticas donde Hugo le comunica a la rubia la muerte de Charlie, abusando de la típica melodía melodramática que sacan a relucir los realizadores cuando nos quieren arrastrar una lagrimita. Digo la rubia porque es un personaje, que al igual que el 80% de los supervivientes salvo Jack, Desmond, Locke, Kate, Sayid y Hugo, me la suda lo que les ocurra. Sólo difiero en un punto. En realidad sí creo que tengan cosas que decir los guionistas pero se trata de una serie con una estructura muy definida, donde la información no se puede reflejar progresivamente, capítulo a capítulo, sino que juegan con el factor sorpresa-orgasmo típico de sus finales.

Ahí va mi teoría. Un instituto psiquiátrico de Palo Alto ha diseñado un experimento a modo de tratamiento de shock para personas con tendencias depresivas y desajustes psíquicos, que consiste en poner a esos individuos enfermos en situaciones extremas para que intenten luchar por su propia vida y se sientan mejor consigo mismos al darse cuenta que pueden sobrevivir solos, encontrando a gente con sus mismas deficiencias. Para que se crean todo el circo colectivo de la isla donde estan atrapados se les administra cuidadosamente drogas insertas en las frutas y los jabalíes. Ben, por supuesto, es el jefe del psiquiátrico, y “los otros” el personal sanitario. En función de cómo reaccionen, el proyecto se convertirá en una especie de psiquiátrico activo para ricos que se puedan pagar este tipo de parque de atracciones mental.

Nihilia: "Chicles y osos blancos"

Lo malo del chicle es que siempre acaba perdiendo el sabor. Al final te encuentras mareando un pedazo de goma, con el único incentivo de poder inflar grandes globos que, a la que te descuidas, te explotan en la cara. Esa era la sensación que tenía durante la mitad de la tercera temporada y, a tenor de esta apertura, temo que la cuarta no vaya a ser muy diferente.

Mi principal crítica a este capítulo es la misma que la de Timoteo y Segundo de Chomón: en tres cuartos de hora no ha pasado absolutamente nada. A un ritmo vertiginoso, eso sí. Estamos justo en el mismo lugar donde nos quedamos, con la trama principal desaparecida y los guionistas jugando al escondite. Sin embargo, es cierto que he disfrutado como un enano con tramas que poco o nada tenían que ver con el misterio de la isla. Los guionistas han conseguido emocionarme en muchas, muchas ocasiones y, de hecho, lo han conseguido en algún momento con todos y cada uno de los personajes. Gracias, sois muy grandes.

El problema es que, después de tres temporadas y, pongamos, unos setenta y cinco capítulos, episodio arriba, episodio abajo, les tengo a todos más vistos que el T.B.O., ya me cabreo si me intentan colar personajes nuevos y me la pela que la choza de Jacob se pegue unas carreras: quiero que la trama sobre qué es la isla avance.

Lo peor de todo el asunto es que, ya veremos lo que dice la audiencia, pero de momento se supone que la serie tiene que dar para tres temporadas más. Casi nada, justo el doble de lo que llevamos. Mi versión de cuando Abrams se lo contó a su señora:

-Hola JJ.
-Hola cariño. Muá.
-¿Se lo has dicho?
-Claro que se lo he dicho.
-¿Has hablado con la cadena?
-Por supuesto, a mí me van a venir con exigencias.
-¡Mi héroe! Cuenta, cuenta.
- Les he dicho que las cosas duran lo que duran, y no hay más.
-¡Claro!
- Hombre, que ya está bien, que la serie es mía, no suya.
-¡A ver!
-Que mi integridad artística no está en venta, joder
-¿Quiénes se han creído?
-Que esta es mi visión.
-¡Eso es!
-Que esta… es… es... ¡Mi obra maestra!
-¡Viva!
-¡Yo seré recordado por esto!
-¡Bravo!
-¡Es mi legado al mundo!
-¡Hazme tuya JJ! Entonces, ¿cuándo se acaba la serie?
-¡Dentro de tres temporadas!
-De… tres… temporadas.
-Ni una más.
-¿Con sus veintipico capítulos?
-Mas especiales.
-¿Os veis capaces de contarlo todo en 70 horas?
-¿Te han llegado rumores de la película?

En fin, que recibo malas vibraciones de la isla. Mi predicción sobre el final de Lost:

Jack: ¡Coño! ¡Así que hablas, Oso Blanco!
Oso Blanco: Llámame Paul. Y tengo tres carreras.
Jack: Bastante impresionante. ¿Y sabes de qué va todo esto?
Paul: Sí.
Jack: ¿Me lo cuentas?
Paul: Vale. Total, pienso comerte después.
Jack: No me importa, me he quedado sin amigos, me los he cargado a todos.
Paul: Cada temporada más colgado. Venga, ahí va. El secreto de la isla es…
Jack:¿Si?
Paul: …es…
Jack: ¿¿¿Si????
Paul: Magia.

martes, 29 de enero de 2008

Perdiendo el juicio II

Siempre me ha caído mejor la libertad que la justicia. Tranquilos, no estoy intentando ser profundo, es simplemente que no me cae bien la Justicia, yendo por el mundo con un espadón como su brazo de largo y esa venda tapándola los ojos. Siempre me he quedado con ganas de preguntarla dónde coño está la piñata y por qué necesita tanto tiempo para endiñarle. La libertad, sin embargo, siempre va enseñando un pecho. Algunas podrían aprender. En fin, que todo este rollo sin sentido era para introducir la crónica de mi tercera visita a los juzgados de la Audiencia Provincial (ya les contaré la segunda, ya), en calidad de jurado popular. El día que me sentí piñata.

En realidad, el día fue tan excitante como hacer cábalas sobre la generación espontánea de pelusa en el ombligo. De acuerdo, quizás no es la mejor forma de comenzar un post, previniendo al lector (obsérvese el singular) de que lo que viene a continuación es la crónica de un día yermo como el desierto, pero nobleza obliga. De todas formas, creo que podría empeorarlo: los adjetivos “lúcido” y “observador” me describían tan bien como "recatada" a Isabel II. Había dormido dos horas y perdido el resto del tiempo y las córneas frente al ordenador, intentando rescatar del naufragio un corto con más fugas que la cárcel de “Evasión o Victoria”. De autoría propia, sí, aingh. Y por si aún no se han convencido de que seguir leyendo esto no les va a reportar ningún beneficio y que no les ayuda ni a ustedes ni a mí, les prevengo que escribo este post en ese mismo estado de somnolencia.

En fin, me imagino que las personas con un mínimo de decencia y sentido común habrán abandonado hace ya un rato el post, así que sólo quedamos los buenos. Ahora puedo decírselo. En la callecita tenemos planes precisos para dominar el mundo. Muahahaha. Todo está preparado, estén alerta, en cualquier momento les haremos una señal y desencadenaremos el caos y la destrucción. Muahahaha. No se corten, ríanse ustedes también como maníacos, que relaja una barbaridad. Si alguien les mira raro, quédense con su cara, que ya tendrá noticias suyas. Entonces si que tendrá razones para mirarles mal. Por el momento, hagan como si no hubiese dicho nada, silben distraídamente para disimular y prosigamos.

El caso es que había perdido el mapa que me enviaron (disimulen, coño, disimulen) para llegar a los juzgados y decidí ir a pelo, al fin y al cabo ya había ido una vez y siempre he pensado que tengo dotes de sherpa, así que me bajé en la estación de Metro que me dio la gana y fui a mi aire. El resultado fue que, al bajarme en una estación diferente a la que recomendaba el mapa, en vez de dar siete giros para llegar, conseguí llegar en tan sólo uno. A derechas, sí, pero no se me acostumbren. Un aplauso para el topógrafo de la Audiencia Provincial. GPS le apodan, los cabrones.

Lo dicho, que pese a la oposición institucional llegué a los juzgados. Al principio la cosa prometía. Tras pasar el arco de seguridad fui a subirme al ascensor y me encontré dentro una tía que llevaba una silla. Pensé “no recordaba que el ascensor fuera tan lento”, o lo mismo lo dije en alto (como aquella vez que a Tito se le escapó un “¡mmmm! tetitas…” al lado de una desconcertada viajera del Metro), porque mientras ascendíamos dijo:

-Este ascensor es lentísimo.
-Al menos tú vas cómoda.

Mirada de odio intenso. Cortinilla de estrella.

Cuando bajé del ascensor había una mujer esperando para conducirme a una sala de espera. Yo accedí, pero no sin antes fijarme que en el directorio anunciaban una prometedora “sala de togas”, que finalmente no pude visitar. Ya les decía que el día fue un auténtico tostón. No diré que la sala de espera cumplió con su cometido hasta que la mitad de los asistentes cayeron dormidos, no diré que la mujer que tenía al lado no paró de dedicarme su desayuno en forma de proyecciones de gas fétido, no diré que, entre veinticinco personas, no había ni una sola jamona con la que alegrarse la vista, simplemente diré que treinta euros no compensan, señores, no compensan. De vez en cuando aparecía una funcionaria para decirnos que lo mismo se llegaba a un acuerdo y nos íbamos de rositas. Mentalmente la respondía con un sonoro “los cojones”, pero al final resultó que sí, que tras tres tristes tigres… horas, habían llegado a un acuerdo y nos podíamos marchar. Sin embargo, en medio de la estampida generalizada, apareció otra funcionaria y nos dijo que la fiscal quería hablar con nosotros. Justo en ese momento empezaron a pitarle los oídos a la madre de la fiscal.

Nos hicieron entrar a, atención, la “sala número A” (“A” escrito a rotulador y pegado con celo en un papel), para que la fiscal nos informase de que habían llegado a un acuerdo y que nos podíamos ir. “Gracias”, añadió como principal novedad. Justo en ese momento empezaron a pitarle los oídos a la fiscal.

Nos condujeron de nuevo a la sala de espera y nos fueron llamando en grupos de cinco para aflojarnos los treinta lereles. Finalmente, nos devolvervieron la libertad. Según salía de los juzgados me encontré de frente con un cartel que rezaba “Metro a 300 metros”. Me dije, “no puede ser que el puto GPS no lo haya visto, seguro que la han puesto hace dos días”, y me fui a comprobar si la estación era nueva.

No, no lo era.

viernes, 25 de enero de 2008

Mal de alturas

VUELO EI592
TRAYECTO MADRID – NUEVA YORK
HORA GMT + 01:00: 11: 11


“Señores pasajeros, les habla el capitán. Gracias por escoger nuestra compañía para volar. En breves momentos iniciaremos el despegue rumbo a Nueva York. Que disfruten del [CRICK]”

El capitán se quedó perplejo, mirando el comunicador en su mano. Era la primera vez que fallaba.
-…vuelo.


Estaba de un excelente humor esa mañana, el cielo estaba tan despejado como el escote de sus azafatas, se había acordado de quitarse la alianza antes de subir al avión y tenía los machos llenos de amor, así que miró a su copiloto y se encogió de hombros. Se caló la gorra de piloto con la visera a un lado, “gangsta style”, y despegó canturreando un mambo.

Cuando hubo puesto el avión en ruta dejó que el piloto automático hiciese el trabajo sucio, subió los pies encima del panel de mando y se relajó mirando cómo engullía nubes el avión, mientras repasaba mentalmente la lista de cócteles del servicio de catering. De pronto, un piloto se encendió y comenzó a parpadear.

Un pitido de alarma invadió toda la cabina y su copiloto y él intercambiaron una mirada de pavor. El capitán fijó su mirada en el piloto intermitente y reaccionó como cualquier primate reacciona ante un piloto de emergencia que se enciende y se apaga: puso cara de no haber pensado nada en toda su vida y procedió a darle golpecitos con la punta del dedo índice.

Mientras que una parte de su cerebro se ofendía con una lucecita por el poco caso que le estaba haciendo, otra estaba trabajando duro para interpretarla (no sin antes hacer que descendiesen los niveles de testosterona, por capullo) hasta que consiguió mandar un luminoso con letras rojas bien gordas al centro de decisiones: FUEGO EN COLA. Para entendernos, el “fuego en cola” es algo así como un 9`5 en el hostiómetro, no a mucha distancia del tubo del avión partido por la mitad. Los centros del habla hicieron del terror, poesía:

-¡Coño! ¡Coño! ¡Coño!
-Me silban los oídos – apareció una azafata insinuándose.
-¡Que no! ¡Que no! ¡Fuego en cola! ¡Fuego en cola!
-De eso me encargo yo, papito…
-¡Que no, joder! ¡Que hay fuego en la cola del avión! ¡Que vayas a mirar cagando leches!

La azafata salió cagándose en todo el santoral. El capitán sacó una foto de su esposa y sus dos hijos de la cartera y la acarició con ternura. Miró a sus dos niños, y pensó que probablemente recibirían una buena indemnización, y podrían estudiar en colegios caros e ir a buenas universidades. Pensó que quizás el mayor podría seguir sus pasos, y sintió una mezcla de orgullo y melancolía imaginándose a su hijo con un altavoz, abriéndose paso entre una horda de viajeros suplicantes, arengando al resto de pilotos a mantener la huelga un puente más. Después miró a su mujer. Tantos años y seguía reconociendo la misma mirada que lo cautivó cuando se conocieron. Lamentó haberla sido tan infiel. Las azafatas eran una conquista irrenunciable, demasiado tentadoras, demasiado… qué coño, no iba a traicionarse a sí mismo en sus últimos momentos, que le quitasen lo bailao.

- Capitán… - entró la azafata acompañada de un pasajero. Falsa alarma, capitán. Era este pasajero, que estaba fumando en los servicios de cola.
- ¿Cómo? – el capitán se levantó a duras penas de su asiento, con las piernas bailándole el calypso y calzoncillos blanco nuclear en la mente. Intentó recuperar la compostura. Caballero, ¿sabe usted que no está permitido fumar en el avión?
- Sí, bueno, oiga, era sólo un cilindrito, este maldito vicio que…
- Caballero… ¿Sabe usted que esto puede costarle una dura sanción por parte de la compañía?
- ¿Una sanción? ¡Qué persecución! ¡Nos tienen enfilaos! ¿Por qué no nos ponen ya un brazalete con una estrella de David?
- ¿Pero qué coño dice usted?
- ¡O envenenan un cigarro de cada cien y acabamos antes! ¡¡Son ustedes unos talibanes del tabaco!!
- ¡¿Pero qué cojones dice usted?!
- ¡Todo el mundo con las manos en alto! –apareció un tipo encañonándolos a todos con una pistola.
- ¡Aaaargh! ¡No volveré a fumar, lo prometo!
- ¿¡Pero qué…!?¡¿Y usted quién coño es?! –bramó el piloto mientras el pasajero y la azafata se abrazaban aterrados.
- ¡Policía de Estados Unidos! ¿¡Quién ha dicho talibán!?
- ¡¡Pero me cago en mi estampa!! ¡¡Llevaros a estos memos de aquí!! ¡¡Y me atáis a ese al asiento!! ¡¡Y como vuelva a fumar viaja en la bodega!! ¡¡En la puta bodega!!

Mientras el copiloto y la azafata intentaban sacar al pasajero y al policía de paisano de la cabina, el capitán cogió el comunicador y, completamente enajenado, habló para los pasajeros:

“Se[CRICK]res pa[CRICK]jeros, les recordamos que en este vuelo [CRICK] está permitido [CRICK]ar. Coo [CRICK CRICK CRICK] pulación [CRICK CRICK CRICK CRICK] con el resto de pasajeros. Tengan muy buenos días [CRICK].”

VUELO EI592
TRAYECTO MADRID – NUEVA YORK

HORA GMT + 01:00: 13: 31

El capitán había conseguido relajarse después de todo, y había recuperado su optimismo habitual. Se relajaba recreándose en imágenes lúbricas de azafatas mientras se hacía trampas al solitario. El copiloto se había puesto sus gafas ahumadas, señal inequívoca de que estaba debatiéndose entre la vigilia y la inconsciencia, así que el capitán buscó con la mirada algún objeto con el que producir un estruendo ensordecedor. Sincronicidad lo llaman. El pitido de alarma los hizo saltar de su asiento. Comprobaron aturdidos el origen del problema: se había encendido de nuevo el piloto de “fuego en cola”. El copiloto se hundió en su asiento, aún adormilado:

-Ese idiota habrá vuelto loco al detector de humos. Ve a echar un vistazo, anda.
-Ejem… Díselo a mi gorra. Oh, vaya, dice que yo soy el capitán, que vayas tú.

Se produjo un silencio incómodo. Respondieron al unísono:

-Azafatas.
-Las llamas tú –se adelantó el capitán.
-Llamas t… Las llamo yo, vaya problema –dijo el copiloto con evidente rencor, se le daban mal este tipo de juegos de respuesta rápida. En el colegio nunca le llegaban los porros.

El copiloto abandonó la cabina entre gruñidos. El capitán se quedó con la mirada perdida, pendiente del pitido de alarma. Dos avisos en un mismo vuelo, ¿cuántas posibilidades había de que eso ocurriese? Pocas, aunque dependiendo de cada compañía, claro. Comenzó a recordar que durante la anterior alarma, mientras pensaba que iba a morir, pudo arrepentirse de haber sido infiel a su mujer y no lo hizo. ¿Acaso eso lo convertía, entonces, en una mala persona? Sí, sin duda. Pensaba que no debía ponerle los cuernos a su mujer, pero aún así no se arrepentía. Se quedó en blanco un momento. Era la primera vez que se veía a sí mismo como una mala persona. Un momento. ¿El altímetro marcaba un ligero descenso? No, era su imaginación. No, marcaba un ligero descenso. Siempre había pensado que tendría tiempo para redimirse, para resarcir el mal que había hecho. Los niveles estaban en sus parámetros normales, aunque oscilaban algo más de lo normal. ¿No estaría cediendo al pánico? Pero, ¿y si no quedaba ya tiempo? ¿Y si no pusiese dar marcha atrás? ¿No parpadeaba cada vez más deprisa el piloto de alarma? Entonces, él, ¿no tenía ya solución? ¿No podría morir en paz consigo mismo? ¿La velocidad se mantenía constante? ¿Había vuelto a descender el altímetro? ¿Su último pensamiento sería un lamento? Todavía no podía morir. Justo ahora no. Tarde, pero se había dado cuenta. No quería morir. No podía. No…

-Hola, lo siento, soy yo otra vez… -apareció el pasajero fumador con la cabeza gacha y una colilla a medio apagar en las manos.
-¡¿Pero qué…?! ¡¡Me cago en mi raza!!
-Es este maldito tabaquismo que…
-¡¿¡Pero tú me quieres matar de un infarto o qué!?!¡¡Al puto océano vas!! ¡¿Me entiendes?!¡¡¡Al puto océano!!!
-No, ¿eh?, yo… con mojarme los cilindritos…
-¡¡¡¡Me lo cargo!!!!¡¡¡¡Yo a este me lo cargo!!!!¡¡¡¡La pistola de bengalas que me lo cargo!!!

Mientras que en las pantallas del avión Meg Ryan tenía un e-mail y cundía el pesimismo entre el pasaje, de la cabina salían unos berridos infrahumanos:

¡¡¡Que estoy muy loco!!!¡¡¡¡Que estoy muy loco hostias!!!!

VUELO EI592
TRAYECTO MADRID – NUEVA YORK

HORA GMT + 01:00: 15: 51

Hay varios grados de mala hostia. Está el primer grado, reconocible porque el individuo en cuestión responde con monosílabos ante cualquier interpelación. Está el segundo, en el que el energúmeno padece un ataque de verborrea y arremete irreflexivamente contra cualquier ser u objeto querido a su alcance. Está el tercer grado, en el que el espécimen se queda quieto, muy quieto, tan quieto que su cuerpo comienza a temblar, esperando la más mínima excusa para descargar su furia homicida. El cuarto grado está poco documentado. El quinto es experimental. El capitán se encontraba desde hacía dos horas en el sexto grado: con los ojos inyectados en sangre, respirando con dificultad y enseñándole los colmillos a su copiloto, que se había refugiado detrás del sillón. Cuando el piloto de “fuego en cola” volvió a encenderse, el pobre hombre se encomendó a Cristo, Angel, y su buen hacer con los leones.

El capitán le graznó que le diese su comunicador para hablar con las azafatas. El copiloto se lo acercó hasta una distancia prudencial y retiró rápidamente la mano. Con la voz más dulce y sosegada que ser humano ha entonado sin recurrir a barbitúricos, el capitán entonó:

-Niñas, preciosas, decidme. ¿Veis algún indicio de fuego en cola?
-¿Ca… capitán? ¿Está usted bien?
-No os preocupéis por mí y limitaros a contestarme. ¿Veis humo en el pasillo?
-…no, no, no hay humo.
-¿Gente chillando, corriendo por los pasillos aterrorizada o arrancándose el pelo a tirones?
-…no, no.
-Muy bien, niñas. Muchas gracias. Protocolo de emergencia.


Estaba fumándose su cilindrito de después de comer. Exhalaba el humo a grandes bocanadas e intentaba perfeccionar sus círculos de humo. Cuando la puerta se abrió de sopetón, sólo alcanzó a ver a cuatro personas con máscaras de gas y trajes ignífugos que lo apuntaban con varios extintores. Un segundo después estaba flotando en un universo blanco e inmaculado, vagando en la inmensidad, sintiéndose como si hubiese vuelto al vientre de su madre y, conmovido, pensó que la experiencia bien merecía que le regalase al capitán una caja de puros.

martes, 8 de enero de 2008

Mermelada de frambuesa y osos panda, diálogo platónico

- Oh maestro, he visto que en todas las listas de los mejores discos del año aparecen en altas posiciones unas creaciones llamadas bien Strawberry Jam, bien Person Pitch, incluso ambas, perpetradas por Animal Collective y Panda Bear, respectivamente. Que al final resultan ser más o menos los mismos responsables bajo distintos nombres. Pero el caso es que me he bajado comprado ansioso estos discos y tengo la sensación de que me han estafado. Puesto que las listas no se publicaron el 28 de diciembre, me cuesta explicar estos hechos. ¿Podría usted, oh maestro, iluminar con su sabiduría a este pobre y estulto siervo?

- Mi amado discípulo, ¿es que no hay forma de que un viejo y ajado maestro pervierta a las vestales media hora sin que lo abrumen con dudas existenciales? Supongo que los dioses piensan que los óleos corporales siempre pueden esperar... Toma mi ejemplo y concluye, querido aprendiz, que duro camino es el de la sabiduría, uno nunca sabe si le gustará transitarlo o no, tan sólo lo emprende para acercarse más a la verdad...

- Disculpe mi intromisión, admirado maestro, pero no veía claro el término de esta bacanal. Ya he comprobado en mis propias carnes lo dura que puede ser la sabiduría. Con dos sabios distintos. ¡Que le zurzan a la música! ¿Ha dicho vestales?

- ¡Por Apolo! ¡Guárdate eso, discípulo impetuoso, que me espantas las felatrices! Devuelve tus humores a zonas más dadas al logos y continuemos. Efectivamente, la primera vez que los escuché me pareció que un puñado de jóvenes desbocados habían llevado demasiado lejos el "in vino veritas" pero, ¿estafado? Cuéntame, hijo, por qué.

- No me salga con latinajos, que estamos, oh alto sabio, ya en el siglo XXI. ¿Cómo explicarlo? Diré que resulta difícil calificar eso como música. No cualquier cosa que suena en un, oh tú el iluminado, reproductor de CD's es necesariamente música, como no es una oh novela cualquier taco de hojas encuadernadas.

- Incisivas palabras, veo que este cuatrimestre has has usado más el cincel y las losas de retórica que el anterior. Cierto es, mi aprendiz, que el devenir en las formas de las tonadas populares puede alumbrar engendros tales que Atenas entera se mese las barbas. No obstante, de cada ser debe observarse la esencia tras su apariencia, y ver si este simplemente busca la armonía con el presente o hay algo más allá, puesto que una forma novedosa sin contenido sería como si esta vasija ornamentada no contuviera una sabrosa libación… ¿Gustas, salao?

- Gracias, majo. ¿Quiere decir que, oh beodo entre los beodos, en realidad es la misma mierda de siempre pero con extraños sonidos propios del Hades en lugar de armoniosas liras? Está entonces, oh, de acuerdo con esa caterva de paganos que se atreven a compararlos con los mismísimos Beach Boys, que surfean con las nereidas bajo la protección de Apolo por los siglos de los siglos, hip, amén.

- Queridos discípulos, creo que hay que estar mucho más borracho que yo para decir tal cosa.

- ¿Más? Yo creí que estaba impartiendo, oh amadísimo maestro, una lección práctica sobre la cantidad de hidromiel que aún permite la erección y el habla, aunque no de forma simultánea. Mas no nos perdamos en los recovecos espirituosos del diálogo. Estuve pensando durante su incomprensible perorata sobre las formas de tres guiones más arriba que a lo mejor el problema es creer que cualquier cosa encuadernada debe ser una novela, cuando en realidad bien puede ser un poemario o un libro de recetas. Tal vez estos discos sean de un género distinto al acostumbrado. Tal vez sean, no novelas, sino ensayos sobre los límites de la música. Así, no habría que buscar personajes ni argumento, sólo la exposición de razonamientos, oh... qué resaca voya tener mañana, maldito Baco, juro que es la última vez.

- Sospecho que lo que hace grande una obra no son sus planteamientos, sino sus resultados, por mucho que estos estén en la base... pero respeta el desgastado hígado de tu maestro, mi cada vez más apuesto aprendiz, y únete al sarao de una vez. Deja tu toga, tiéndete en el diván y deja que mis sacerdotisas te deleiten, porque al final todo se reduce a esto, hijo mío, todo se reduce a esto...

miércoles, 2 de enero de 2008

viernes, 21 de diciembre de 2007

Cachete con cachete

Hoy el Congreso de los Diputados ha modificado la redacción de dos artículos del Código Civil, a petición de la ONU y diversas organizaciones de protección de la infancia para, entre alguna otra cosa, modificar una línea del artículo 154 que decía que los padres “podrán corregir razonable y moderadamente a los hijos” por “la patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad y con respeto a su integridad física y psíquica”.

El problema con la primera redacción del artículo era que, tanto la ONU como las organizaciones de protección de la infancia consideraban que el maltrato es una forma “razonable y moderada de corregir a los hijos”… perdón, creo que me he liado con la redacción, quería decir que consideraban que “corregir razonable y moderadamente a los hijos” puede ser maltratarles… no, bueno, eeeh… vale, admito que no estoy en disposición de contarles lo que querían decir exactamente, pero más o menos venían a decir que la antigua redacción del artículo era como dejar barra libre de capones, así que se propusieron arreglarlo.

El caso es que pensaban que con la redacción “con respeto a la integridad física y psíquica” todo quedaría más atado. De esta forma, ahora se considera que maltrato y cachete pueden ser una misma cosa, y pueden conllevar la misma pena, siempre que el juez estime que lo son. ¿Y saben cómo lo decidirá? Efectivamente, juzgando caso por caso si el castigo ha sido razonable y moderado. Pues bueno, pues vale, pues todos contentos, pero aquí alguien se merece una colleja.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Os odio, os odio tantísimo...

¿Nunca han sentido odio irracional hacia algo? Yo sí, yo lo siento hacia

EL KIWI



No, no es un cojón con patas, es la mascota nacional de Nueva de Zelanda. Los zoólogos lo consideran un ave, por aproximación, pero tampoco crean que les gusta demasiado que saquen el tema. Analicemos someramente su fisonomía:

Un redondel gordo para el tronco y otro redondel más chico para la cabeza, ahí, innovando, un par de patas porque la mayoría de bichos vienen con alguna de serie, que en su momento se pensó en otros par de redondeles, un pico esmirriado y un par de alas como por compromiso, porque ya le habían puesto el pico y les sabía mal dejarlo sin alas, pero lo que es servirle para volar, nanay de la China.

Vamos, que tampoco se rompieron la cabeza para hacerlo. Más bien pareciera que, cuando terminaron de montar todas las especies, tuvieran un momento IKEA, se encontraran con que les sobraban unas cuantas piezas y decidieran que sí, que de ahí todavía se sacaban un pollo.

Obviamente, a la luz de la soluciones de diseño que se tomaron, cualquiera piensa que eso que contaba el tal Darwin era un camelo de los gordos, y ahora los creacionistas están convencidos de que tienen razón. Aún recuerdo cómo pude ver a un predicador exhibiendo uno de ellos en una vitrina, en medio de una conferencia, mientras le espetaba a los fieles:

-Si las especies evolucionan gracias a la ley del más fuerte y la mutación más útil, entonces, ¿¡Cómo demonios explican ESTO!?

Los murmullos de estupefacción se extendían por toda la sala, los hombres fruncían el ceño ante tal abominación, las mujeres gritaban y se desmayaban de la impresión, un par de personas cedieron a la histeria y huyeron desesperadas, proclamando la llegada del apocalipsis. Al fondo, una niña ocultaba su carita entre los bucles dorados de su pelo, coronados por un enorme lacito rosa, mientras se preguntaba entre sollozos:

-¿Por qué nos odia tanto nuestro Dios?

No se apiaden de los kiwis. Háganlo por ella. Háganlo por Shiny McCorky, quien perdió a su padre y sus cinco madres, tres de ellas hermanas también, a manos de dos kiwis pandilleros cuando iban camino de la Iglesia. Tras un duro día de trabajo en la granja, la familia McCorky se cruzó con los dos ovíparos que, poseídos por la drogaína, confundieron los restos de paja en la honrada ropa de los McCorky con deliciosos gusanillos y la emprendieron a picotazos con la familia entera. Ninguno de los McCorky pudo defenderse, fascinados ante la repugnante fisonomía de los dos amagos de ave. De sus cuerpos sólo se encontró una llave y los cinturones de castidad de las señoras McCorky. Gente buena y trabajadora que no merecía tal fin.


Háganlo por los McCorky. Háganlo por la joven Shiny McCorky, para que no pierda su fe y no abrace la prostitución. Háganlo por todos los McCorkys y todas las Shiny McCorky del mundo. Observen su mirada, ese abismo existencial, ese destello de maldad en lo más profundo de su ser y no lo duden: si alguna vez ven uno, piensen que su orondo cuerpo es una invitación a calzarse las Predator, empuñar el hierro del 15 o la pala de pelotari y deleitarse observándolos trazar una parábola en el aire. Señores de Greenpeace: no jueguen a ser Dios con los kiwis. Señores zoófilos: caben en una mano, no les digo ná.

A por ellos.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Sin razón alguna, me niego a titular este post

Venía yo pensando en aquello del Twitter, Enrique... Dance y la excursión de niños pijos con la que acababa de cruzarme en el Metro (¿Veis niños? Así viaja la gente que no tiene chófer.), cuando me he acordado de un estultao que apareció por casa una noche de guateque. Era el acompañante de la chica con la que quería retozar por aquel entonces, y era un monstruo de las twittipolleces. Entre todas las píldoras de ingenio, agudeza y audacia intelectual que despilfarró durante TODA LA PUTA NOCHE, una pasará a la historia:

"Si las naranjas se llaman naranjas, ¿por qué los limones no se llaman amarillos?"

Maldita sea, y ahí estaba ella, desperdiciando su preciosa risa en los rebuznos de aquel infraser. Pronto se redimiría ella, a mis ojos, porque tenía la demencial costumbre de poner la música en el coche a todo trapo y, en cada semáforo en rojo, saltar del coche y ponerse a interpretar la danza de la lluvia a su alrededor. Ni que decir tiene que acepté emocionado participar en tal astracanada. Los malos tragos hacen que los buenos sean aún mejores.

martes, 20 de noviembre de 2007

Mis problemas con la Justicia (y 1, espero)

Como ya relatásemos hace un tiempo, el Estado Español, vía Comunidad de Madrid, había decidido tomar medidas punitivas contra uno de los prohombres del Gobierno Tricefálico Vitalicio, bajo la acusación de castigarse el hígado y alegrarse el alma en plena rúe. La sanción de marras consistía en la asistencia a una Jornada Formativa en Materia de Prevención de Drogodependencias en la que, durante dos horas, nos darían la chapa sobre las vergüenzas del bebercio, ya fuese consumido en vía pública o respetando escrupulosamente la ley. Que nadie les explique el matiz, que la alternativa son trescientos euros.

Pues bien, al fin llegó el día de saldar cuentas y allí me presenté, dispuesto a relatar a mi vuelta en qué se anda gastando la Comunidad de Madrid sus impuestos y los míos. Hice aparición con la puntualidad que me caracteriza, sobre la campana, y el agente de la recepción me ordenó, al más puro estilo marcial, que ¡pasase, por favor!, para tomar mi nombre y apellidos. El ritual se repitió unas cuantas veces más con los últimos rezagados, con lo que pude comprobar que éramos varios los que portábamos el mismo insigne apellido. Todos Martínez. Todos primos.

Una vez ubicado en el hall de entrada, esperando sin saber muy bien qué, hice un somero repaso de la parroquia. Había mayoría de “Güijkys con Red Bull” en chándal de gala y “Rones con Cola” de ambos sexos, seguidos de unos cuantos “Tequilas”, un par de “Calimotxos”, un “Litronas”, un grupito de “Malibús con Piña” y una inclasificable a la que llamaremos “Angostura con Granadina”, por poner algo.

Pronto nos informaron cortésmente de que ¡podíamos pasar a la sala, por favor! donde se impartiría la charla. Me preguntaba si alguien habría tenido la genial idea de que la ponencia la realizase un agente disfrazado de mascota, al estilo yanqui: “Botellín, la mascota del saber beber” te enseña civismo. A nadie se le había ocurrido. Una lástima, no se pueden perder estas oportunidades así como así.

Nos condujeron a un aula bastante amplia, repleta de pupitres diseñados para que un pigmeo no pudiese escapar una vez sentado, un ordenador y un proyector que, vista la nitidez con la que vomitaba imágenes, debía andar de resaca. Un agente de paisano con aires de profesor enrollado nos esperaba, invitándonos a tomar asiento y ponernos cómodos para, acto seguido, amenazarnos con poner un vídeo didáctico: “El vídeo no me parece muy bueno, pero ya que lo han hecho vamos a verlo”. Una introducción de cine.

Por cierto, si alguien anda preocupado por el despilfarro en las administraciones públicas, que se quede tranquilo. La imagen la pasaron por un proyector, sí, pero el audio provenía directamente de los altavoces del ordenador. Despeinados nos dejó el sonido. Qué potencia. Comenzó la función.

Al más puro estilo minuto del odio orwelliano, un narrador iba desgranando las miserias del alcohol, sobre una música machacona digna de la rave más desbocada, mientras se proyectaban rostros desencajados, miradas perdidas, el vacío, el horror: la náusea, señores, la náusea.

Gracias al narrador, los presentes pudimos comprender de una vez por todas que “el alcohol no es un alimento” o que “provoca alcoholismo”, y otras lindezas que no revelaré por no volver abstemio a todo transeúnte que pase por aquí, que uno se dedica los fines de semana a promocionar exquisitas libaciones por los bares y tiene que velar por sus ingresos.

Tamañas revelaciones se iban intercalando con un virtual “Chat Botellón”, brillante idea con la que unos profesionales del doblaje declamaban los argumentos de los jóvenes con una intensidad shakesperiana. Espeluznantes los “¡jo, machos!, los “¡qué chungo, troncos!” y los “¡mola mazo, tíos!” interpretados calavera en mano.

El agente de paisano debió sentir el sonrojo generalizado, porque decidió poner fin a nuestra agonía e intentó articular un debate. El caso es que el agente trabajaba bastante bien. Consciente de que su público no estaba para muchas gaitas, y que algunos venían con ánimos reivindicativos, tuvo especial cuidado en mantener un tono alejado del reproche paternalista y escuchar respetuosamente los argumentos más inverosímiles. Por supuesto todo el mundo, desde los “Güijkys con Red Bull” hasta “Angostura con Granadina” pretendían hacerse pasar por “Trinaranjus, que no tiene gas”, y todos los policías habían sido unos taimados hijos de mil padres que, por descontado, los habían denunciado injustamente. Que esto no es mío, que se lo estoy sujetando a un amigo, señor agente.

Cuando terminó la charla se lo dije: “Has hecho de la charla algo sorprendentemente ameno. No sé cómo puedes hacerlo, dando cinco o seis al día”. Me miró y se sonrió. Para mí que este empina el codo.

jueves, 15 de noviembre de 2007

...y sin haberme fumado nada.

No sé qué como mientras duermo que me deja un regusto pésimo. Menos mal que entre los placeres de la cama se encuentra, también, el del picoteo furtivo. De madrugada, con toda la vigilancia inconsciente, no es difícil deslizarse en la oscuridad y dar buena cuenta de algún suculento manjar que todos rechazaron rematar, ya fuese por conservar la línea o por mantener la compostura.

Una verdadera lástima que aquella noche la nevera estuviese en cuadro. Las perspectivas eran poco sugerentes, a no ser que me poseyera el espíritu del Bulli y consiguiese mezclar, de forma relativamente indolora al paladar, algo de mostaza de la última Nochevieja (ahora la llamamos "Napalm"), dos sobres de ketchup y una lata de anchoas. Tuve que conformarme con poner fin a un mísero cartón de leche. P´al coleto, maldito. Ya me estaba deshaciendo del cadáver cuando una voz tronó:

-¡Exijo se me aplique el Tercer Convenio de Ginebra, la mediación de una Potencia protectora y solicito una revisión de mi estado a la luz de la Declaración Universal de los Derechos Humanos!

Acerté a responder:

-¡Frschtz! –con la nariz. De nuevo:

-¡Exijo se me aplique el Tercer Convenio de Ginebra, la mediación de una…!

Cerré de un portazo el armario de la basura. Me restregué los ojos para quitarme el aturdimiento y me abalancé sobre envase que tenía más a mano. Lo leí, aparté la mirada un momento y volví a leerlo. Ponía exactamente lo mismo. Mierda, estoy despierto. Abrí con cautela y eché un vistazo:

-¡Groar! ¡Groar! ¡Groar! –cerré rápidamente.

Pues sí, ahora no cabe duda... Efectivamente: la basura ha cobrado consciencia de sí misma y exige que se le aplique el derecho internacional… Definitivamente, tengo una vida rara. ¡Bienvenida paranoia!

-¡En esta casa no se negocia con basura!

-¡Groar!¡Groar!¡Groar!

Ni caso. La basura comenzó a embestir una y otra vez las puertas del armario. ¿Cómo me meto en estas situaciones?

-¡Vale, vale! ¡Voy a abrir! ¡Sepárate de la puerta medio palmo! Y… y… ¡Y mantén las pieles de plátano a la vista!

-Grrrrrrrr…

Abrí lentamente la portezuela:

-¡Exijo se me aplique el Convenio Tercero de Ginebra y la mediación de…!

-Que sí, que sí, que ya te he escuchado y, francamente, no he entendido ni papa, pero...

-¡Exijo que se me...!

-¡¿Pero te quieres callar...?! A ver si te lo explico: eres la jodida basura. Debo ser yo que estoy como unas maracas, así que no pienso hacer nada por ti. Simplemente, mañana, antes de ir a mi psiquiatra para que me drogue durante un mes, te sacaré de casa y te reunirás con el resto de tus congéneres.

-¡Jamás! ¡No claudicaré! ¡Como nosotras decimos: "La mierda siempre flota"!

-¡¿Pero qué…?! ¡A ver, eres basura, aunque quisiese no te puedo aplicar los derechos HUMANOS!

-Pero yo… -me miró implorante desde abajo, con sus dos enormes ojos de envase de yogur a punto de romper en llanto... yo tengo sentimientos.

-¡¿Qué...?! ¡¡No!! ¡¡No tienes!! ¡No puedes! ¡Eres la basura!

-Pues no decías lo mismo cuando leías a Asimov…

Coño. Ahí me ha pillado.

-Bueno, está bien. Qué es lo que pides.

-Tan sólo un par de legítimas peticiones, mi estimado interlocutor, no sin antes felicitarle por tan acertada decisión. Dignifiquémonos usted y yo tomando en consideración, en primer lugar, todas las enmiendas y protocolos adicionales que se han ido sumado durante las sucesivas revisiones de un texto que, como usted sabrá provienen del intento de normalizar el Derecho Internacional Humanitario ya desde 1864, y en especial el relativo al trato de los prisioneros de guerra aprobado en 1929…

Y por eso, chicas, no he bajado la basura.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Perdiendo el juicio

Hará un par de meses ya que se presentó en mi casa la cartera más peculiar de todo el barrio con un sobre verde de considerable tamaño. Esta cartera es toda una institución, ya que se hace acompañar en sus entregas por dos perretes bastante hijoputas que tienen asolada a toda la población de felpudos del barrio. Mientras que la señora recogía mis datos y yo le pegaba patadas con disimulo a uno de los chuchos, que ya tenía una pata levantada y la chorra a punto de caramelo, fui inspeccionando el sobre. Color verde pistacho. Tamaño folio. Escudo de España. “Tribunal del Jurado”. “Audiencia Provincial”. Mal asunto. “Pringao”, faltaba, con letras rojas y un sello con un magistrado haciéndome un calvo. Me ha tocado ser jurado. Jurado popular, para más INRI. Habrase visto.

Resignado, me senté en el sofá y comencé a investigar el contenido del sobre. Un libreto con las normas del jurado a medio imprimir, muy bien, un cuestionario de dos páginas y un manual de siete para rellenarlo, fantástico, una hoja para el pago de dietas, hombre, esto no está mal, un mapa cutre para que me pueda perder, bárbaro, y un montón de papelajos con los cargos y los nombres de los acusados… El resto puede esperar. Vamos a ver quiénes son los perlas.

Con la mafia rusa nos hemos topado, eso es seguro. Jamás había visto tanta consonante junta y tan pocas vocales en un apellido. ¿Pero qué clase de apellidos son estos? Les pones un par de números y parecen la clave del Windows. ¿A qué mente perturbada se le ocurrió montar esto así? Me imagino la escena. El pueblo reunido en sesión plenaria repartiendo los apellidos:

-Bueno, visto que no podemos ponernos de acuerdo, y que todos quieren apellidarse Smirnoff, que cada uno diga una letra y a tomar por culo. Venga, Grwiszky, di tú una.
-¡La "k"!
-Joder, la “k”. Bueno, venga, Slazkyprvszky, di tú otra.
-¡La “w”!
-¡Coño Slazkyprvszky! ¡Siempre con la puta “w”! ¡Di otra!
-Estoo… ¿la “y”?
-“La y, la y”… cagoen… a ver cómo ha quedado… Gorbynsky… ¡Coño! ¡Gorbynsky! ¡El mejor en meses! ¡Barra libre de mamadas!

Total, que rellené los formularios mientras usaba el manual de mantel, lo metí todo en el sobre, escupí en el sello con un poco de mala leche y lo mandé un día tarde, con la esperanza de poder echarle la culpa a la colgada de los perros. No hubo suerte. Una semana antes de mi primera cita con la justicia, me llegó un telegrama amenazándome de “apercibimiento” en caso de que no fuese.

Como no quería que me “apercibiesen”, no fuera a ser peor de lo que me imaginaba, allí me presenté. Nada más llegar, buen rollo. Recordaba la fachada del edificio por la tele, recordaba a Rodríguez Menéndez, rodeado por un par de putones empitonaos, masajeándolas el culo en medio de una nube de periodistas. Poseía el hombre un ideal de belleza bastante obvio, desde luego, pero, salvo por lo estético y por lo legal, ese hombre era un ejemplo para el resto para el resto del género. Imaginarme a mí mismo rodeado de putonazos neumáticos me dio fuerzas para continuar.

Entré en el vestíbulo, donde me esperaba una policía de esas que tanto nos gustan. Cara de niña buena, ojos azules a juego con el uniforme del cuerpo y el pelo recogido con una cinta que poder quitarse grácilmente mientras te cabalga como una gacela. Sí, una de esas, metralleta en mano. Ñam, ñam. Con la sonrisa decorada por la baba dejé mi bolso, ejem, mi bandolera sobre la cinta del detector de metales y pasé el arco. Mierda. Ahora caigo. Vengo armado hasta los dientes. Todo el equipo del perfecto promotor de bebidas alcohólicas, incluyendo los reglamentarios cuchillos, azote de limones. Pitido chungo. Manos a las pistolas.

-¿Llevas cuchillos, verdad? ¿Puede saberse por qué?

Por la puerta grande. Has entrado por la puerta grande. Dudé un momento si era un buen o un mal momento para enseñarles mi imitación de Neo: “¡Entregadme a Morfeo o sufrid las consecuencias, muahahaha!”, pero me decidí por el típico balbuceo de sumisión:

-Esto es para cortar limones, que pongo copas por los bares y pensaba devolverlo a la agencia después del juicio y tal…
-Confiscao hasta que salgas.
-Pero qué bien te comes las “des”, preciosa.
-¿¡Cómo!?
-¡Que es usted una agente muy talentosa!
-Anda tira.

Mi número de los cuchillos cortando latas al garete, otro día será, en fin. Con las piernas temblando me acerqué al mostrador y le di el telegrama a la funcionaria, que me dedicó unas cuantas caras raras bastante logradas, hasta que me dijo:

-Uy, pero si hoy “no hay jurados".
-¿Cómo? Pues en el telegrama dice que…
-Si, ya, pero hoy no hay jurados… Mira, sube a la planta 11, a la Oficina del Jurado y pregunta allí.
-Pero cómo…
-Planta 11.
-Ya, y entonces…
-Oficina del Jurado.

¡Por Tutatis! Ahora empieza lo bueno. Ya lo estoy viendo, tres horas dando vueltas, subiendo plantas, bajando plantas, hablando con gente que te manda a otra gente que te remite al lugar del que vienes hasta que acabas en los calabozos con espumarajos en la boca, aferrado al brazo desmembrado de un letrado.

Felizmente no fue así, y en la oficina de marras me dijeron que un testigo no había podido llegar a tiempo y que habían decidido aplazarlo todo… unos dos meses, para que le diese tiempo esta vez al buen hombre. Pues nada, pues gracias por avisar. “Pringao”, tenían que poner en el sobre que te mandan: pringao.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Pequeño saltamontes

Dijo el maestro a su discípulo:

"Éste es el final de nuestro camino. Ya no puedo enseñarte nada más. Hasta ahora he sido la gaviota que guiaba tu barca, pero ahora debes aprender a volar por ti mismo. Vuela, vuela pequeño saltamontes."

Y dijo Rajoy:
"Yo sé poco del asunto, pero mi primo supongo que sabrá. Me dijo: he traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo y ninguno me ha garantizado el tiempo que hará mañana en Sevilla. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años?

Es un asunto al que tenemos que estar muy atentos, pero que tampoco lo podemos convertir en el gran problema mundial. Hay otros problemas más importantes como (...) los problemas de las emisiones y otros."

Y así fue como el discípulo superó por fin al maestro.